viernes, 9 de noviembre de 2012

El departamento del fin del mundo





La mamá del negro, compro un departamento de esos nuevos que estaban construyendo en una zona muy alejada de la ciudad: Coacalco. Nosotros decíamos que era el fin del mundo porque si te asomabas por la ventana de uno de los cuartos, no se veía nada en kilómetros, sólo terreno baldío, de broma, decíamos que para pasar de ahí, ya te pedían visa. Claro que ahora ya es una extensión de la zona metropolitana pero antes no había nada por ahí. Para llegar, teníamos que hacer un viaje de una hora y media aproximadamente, la primera vez que fuimos, teníamos que conseguir a alguien que cambiara el vidrio roto de una de las ventanas, encontramos un local y el dueño mandó a su hija con nosotros para que cambiara la ventana, o nos vio muy gueyes o su hija era una ninja asesina, ¿se imaginan mandar a su hija sola con dos extraños a un departamento?

Ya con la ventana puesta, nos sobró algo de dinero y lo primero que se nos ocurrió fue comprar algo para beber, no teníamos mucha experiencia en aquel entonces, compramos un cuartito de sauza blanco y un litro de refresco de toronja, tomamos un par de vasos y nos pusimos a beber, esa fue la primera vez que usamos el depa para echar trago.

Muchas veces regresamos a ese departamento, casi siempre el negro, mi primo y yo, y una que otra vez otro de nuestros amigos de aquel entonces, Juan. Una de esas veces, uno de nosotros (no voy a quemar a nadie) se puso tan borracho que pensaba que su novia estaba en el otro cuarto… Y no quería que hiciéramos ruido para no despertarla, como nos ganaba la risa, él se enojó y le quería pegar a otro de nosotros, lo perseguía por todo el departamento para madrearlo, le dijimos al otro que ya se hiciera el dormido para que el que le quería pegar lo dejara en paz, al final el borrachin pidió que le diéramos oportunidad de darle sólo una patada, se fue al otro extremo de la sala, “tomó vuelo” con su pie y cual toro, embistió al que se estaba haciendo el dormido. Sólo pudimos calmarlo hasta que se pegó con una alacena que estaba colgada en la cocina, ésta se cayó e hizo un ruido que llevó al guardia de seguridad al departamento y el borrachin se asustó tanto que se le bajó la borrachera.

Otra ocasión, uno de nosotros estaba sufriendo por amores o algo así, razón suficiente para ponerse borracho y torturarnos poniendo la canción de “El milagro” de los jaguares más de 20 veces en la misma noche, solo estaba ahí tratando de cantar y repitiendo la rola… Hasta la fecha, odio esa canción, ese mismo borrachin (como era de esperarse) no aguantó más y casi vomita la sala, después de pelear un poco, lo acostamos y encerramos en uno de los cuartos. En esa misma noche, otro de nosotros también se pasó de copas, se fue a dormir pero de repente despertó pidiendo una cubeta porque quería vomitar, cuando se la llevamos, dijo: ah que asco, mejor vomito en el suelo y después limpio. Así lo hizo, lo más gracioso es que se quedó dormido con la mano pegada en su vomito… Hasta hoy a esa escena le llamamos: la mona lisa.
 
Muchas historias se vivieron en ese departamento, era un refugio ideal para nosotros, varias veces fuimos a beber ahí, a hacernos más carnales, a compartir nuestras tristezas o nuestras alegrías con los carnales, aquí aplica ese dicho que dice: “Si el departamento hablara.”

De las veces que íbamos con nuestras novias, mejor ni les cuento, este blog intenta ser decente… Lo dejo a su imaginación.

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