Un día como
cualquier otro en la infancia de nanches, me entero que nos iríamos a vivir a
Tijuana, en aquel tiempo (8 años aprox.), no sabía en donde estaba, ni que
significaba eso, pero estaba seguro que dejaría de ver a las personas que ya
amaba con todo mi corazón, de esa forma en que sólo los niños saben.
Para ese
entonces, yo ya jugaba en la calle, tenía amigos (dentro y fuera de la
escuela), ya había estado en mi primera pelea –que gane, por cierto-, ya tenía
un par de cicatrices -de esas que duran toda la vida- y hasta una novia, una
amiga de mi tía, que siempre me decía que yo era su novio, en fin, aunque les
parezca increíble, ya tenía un estilo de vida que no quería dejar.
Todos me
decían que sólo sería por un tiempo, que haría nuevos amigos y que todo estaría
bien… El primer día en Tijuana, salí a jugar con mis primos con los cuales la
diferencia de edad era mínima, pues ese mismo primer día, mi primo mayor me
llevo aparte, -dice el cholo que si un tiro- me dijo, lo primero que recuerdo
que dije fue: ¿Por qué? A lo que mi primo respondió, dice que hablas raro.
¿Se
imaginan?, yo llegue con el acento de Pedro Infante en nosotros los pobres y todos
ellos con el acento del recodo o algo así. Bueno, pues esa era razón suficiente
para que el “cholo” me quisiera pegar, creo que al final dije que no y me
escondí, o me salvo la campana y llegó la hora de meternos a casa, como sea, no
paso mucho antes de que el cholo me pegara, creo que le alcance a dar un par de
golpes pero esa vez si perdí, después de eso, el cholo se convirtió en uno de
mis mejores amigos en TJ.
Mi mejor
amigo en Tijuana era “el royal” nos la pasábamos dando vueltas en su moto de
tres ruedas que según recuerdo, era rapidísima y corría a toda velocidad por el
cerro y las lomas de de la Ballesteros, la colonia en la que vivíamos, él es el
culpable de mi gusto por las motocicletas.
¿Han visto
esa película, Stand by me? -en caso de que no, háganse un favor y véanla-, crecer
en Tijuana fue algo muy parecido. Un grupo de amigos con muchas aventuras, no
tan drásticas como en la película, pero igual de divertidas y muy interesantes.
No faltaban nuestras expediciones al cerro en busca de tesoros (fierro y
aluminio) que después cambiábamos por dinero. Además de “tesoros” encontrábamos
cualquier cantidad de cadáveres de animales, alacranes, víboras, tarántulas,
etc.
En la calle
que vivíamos, de un lado había un barranco, una caída como de 2 o 3 metros, un
buen día, llegó un camión de esos de carga y tiró ahí un cargamento de pañales
(limpios) creo que estaban defectuosos o algo por el estilo, pero en cuanto se
fue el camión, nos juntamos al filo del barranco preguntándonos quien sería el
primero en saltar… El cholo, siempre el más arriesgado de nosotros fue el
primero y una vez que lo vimos levantarse y gritar de júbilo, lo seguimos uno a
uno los demás, una gran tarde esa
Al inicio
de esta aventura en Tijuana, yo estaba triste y hasta enfadado con mis padres
por llevarme lejos de mi casa, ahora, no tengo más que agradecimiento con ellos
porque esa época en Tijuana ha sido de las más felices en mi vida. Gracias mamá,
gracias papá.
Después les cuento mas sobre mis aventuras en el
norte. Gracias por tomarse el tiempo para leer esto.

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