Muchos de
ustedes saben que una de mis pasiones más antiguas es el Football Americano. En
gran medida debo mi gusto por este deporte a uno de mis tíos que, siendo yo
apenas un niño de 5 – 7 años, me inicio en el arte de lanzar y atrapar el balón,
correr y anotar, taclear y las reglas básicas del deporte. Él, fanático de los gambusinos
también tuvo algo que ver en mi enamoramiento del equipo más grande de todos
los tiempos: San Francisco 49ers.
Ya les he
contado que desde niño he andado de vago (como me decía mi madre), casi todo el
tiempo me la pasaba jugando con mis tíos que si no me falla la memoria, son 6 y
7 años más grandes que yo. Mis tardes eran básicamente jugar con ellos y sus
amigos en la calle, fútbol, frontón y cuando teníamos suerte, algo de
americano; y digo suerte porque no muchas veces estaban todos dispuestos a
jugar tocho, ya saben, el precio que hay que pagar por vivir en un país
pambolero.
Tengo muy
buenos recuerdos de toda esa banda de la Díaz Mirón, ahí pasaba gran parte de
mi tiempo, ahí aprendí a pelear y también ahí me pusieron por primera vez el
ojo morado, recuerdo que mis tíos al igual que yo, estábamos espantados porque
no queríamos que mi madre se diera cuenta de mi ojo, me pusieron un pedazo de
carne cruda según ellos para que se me quitara, claro que no funcionó pero como
experiencia callejera fue de lo mejor.
Justo en la
esquina de la calle en que vivíamos, había una pulquería: “Todos contentos” se llamaba,
-ahora entiendo a la perfección el nombre del lugar- no era raro ver a varios
señores ahí sentados o tirados en la banqueta del lugar, uno de esos días en
los que nos preparábamos para jugar tocho, no sé cómo, ni por qué pero nos
dijeron que los “borrachines” de la pulquería nos querían retar, si nosotros perdíamos,
les invitábamos un pulque y si ganábamos nos pagaban los refrescos. Para ser
sincero, no recuerdo bien los términos de la apuesta estaba muy pequeño y no
fui yo quien negocio con ellos, pero digamos que así fue.
El partido
inicio, ellos tenían la ventaja de ser más grandes que nosotros, pero nuestra
ventaja, resultaría más definitiva en el marcador: nosotros no estábamos intoxicados.
A mi corta edad, no sabía porque algunos en el equipo de los borrachines apenas
podían correr, otros se caían solos, su quarter back no llegaba los pases, sus
bloqueadores se caían al menor empujón y sus receptores tiraban los pases, a la
defensiva, no nos podían alcanzar y mucho menos cubrir. No nos llevó mucho
tiempo aprovecharnos de eso para ganar el partido.
En el
sentido estricto del juego fue un desastre, no seguíamos las reglas, hubo muchos
castigos que no se marcaron, no podíamos recordar el marcador, etc. Pero dejamos
de preocuparnos por esas cosas cuando empezamos a reír y disfrutarlo porque el “Pulque
Bowl” en sí fue épico, hasta este día, lo recuerdo como el juego más divertido
de mi vida.

No hay comentarios:
Publicar un comentario