viernes, 7 de septiembre de 2012

El sureño





Como a casi todos los hombres, a temprana edad despertó en mí el interés por aprender a manejar, y lo hice a la vieja escuela: observando y preguntando de todo a mi padre mientras él manejaba. Así aprenden los hombres ¿qué no?... bueno, casi todos.

Mi padre tenía un Volkswagen sedan mejor conocido por nosotros como “bocho”, si la memoria no me falla, fue en ese bocho que di mis primeros acelerones / enfrenones por la calle. Nuestra casa en aquel tiempo no tenía una rampa de cemento como casi todas las casas de ahora, teníamos que poner unas rampas hechas de metal y subir por ahí los autos, una de las veces que me tocó meter el bocho, la llanta trasera izquierda resbaló misteriosamente de la rampa y la salpicadera fue a dar contra la entrada de la casa; así fue como deje mi primera marca sobre un auto y sobre la puerta de la casa.

Después de ese bocho, recuerdo un Datsun y un Atlantic que me gustaban mucho, y como ya tenía más experiencia y mi padre siempre fue el mas cool del mundo, nanches y sus amiguitos se la pasaban dando vueltas por la colonia gastando gasolina y “piropeando” a las chavas que tenían la mala fortuna de cruzarse en nuestro camino, qué les puedo decir, a esa edad era una muy buena diversión, mejor eso que estar cheleando en la calle, bueno eso también lo hacía pero no cuando manejaba… bueno solo un poco.

¿Por qué ponernos nombres a nuestros autos? Ya sé que no todos lo hacen, pero yo soy de los que sí, creo que la mejor explicación la escuche de Dany (primo de mi carnal el güero) una vez en alguna fiesta me dijo: “Mi nave es como mi caballo y nadie maneja a mi caballo.” Supongo que a mis autos los considero como algo más que objetos y es por eso que les pongo nombre, son mis caballos. Al primero de mis caballos que nombre fue una golf, “la golfa” -ya se, qué creativo verdad- como sea, la golfa fue muy importante en mi vida social de aquel tiempo, no era raro que la banda y yo esperáramos a mi papá a que llegara de su trabajo los Viernes por la noche para que nos la prestara para ir a fiestas o al tico (luego les cuento de ese lugar) y él siempre tan fregón no se negaba, Rodo siempre ha sido reconocido por toda mi banda como un excepcional, no me cansaré de agradecerle siempre su forma de ser con nosotros. Love you dad.

El sureño era un Nissan Tsuru I, gris de dos puertas, ese coche me enseño más de lo que hubiera esperado, ahí pase momentos increíbles con la banda, fiestas, reuniones, antros, conciertos, y mi primer cuernavacazo con los carnales. Además de todo lo anterior, el sureño fue el primer auto que fue mío, una vez más, mi padre portándose cómo el mejor del mundo me lo regaló cuando termine la universidad, pero la verdad es que el sureño era mío desde antes, los fines de semana estaba en mi poder, toda la banda lo ubicaba y seguro lo recuerda, veían al sureño y decían: ahí viene el nanches.

La mejor anécdota que les puedo contar del sureño, es el regreso de una fiesta en donde fuimos 3 naves pero a la hora de regresar sólo estaba él, como uno más de los carnales, nos dijo: “no hay pedo, súbelos a todos” así que eso hicimos, nanches al volante, dos morras en el asiento del copiloto, 4 en una primera capa del asiento trasero, otros 4 sobre esos 4, uno recostado con los pies de fuera sobre los 8 y dos en la cajuela (Rodo si estás leyendo esto, considera que estaba muy chamaco) pues el sureño no se rajó y aguantó todo el camino, la parte chistosa de la historia fue que los que iban en la cajuela se salieron en un alto para decirnos a los que íbamos dentro que ahí venia una patrulla… cri cri cri, yo pensé lo mismo, como sea, la patrulla al verlos nos paró, uno de los carnales se bajó y les empezó a gritar que le iba a hablar a su mamá que trabajaba en no sé qué delegación y que los iban a correr y demás. Durante la negociación de su mordida, atrás de los oficiales alcancé a ver a uno de los carnales que caminó hacia la parte de atrás de la patrulla, se bajó el cierre y empezó a orinar la “unida” por poco lo delató con mi risa, al final, los policías se llevaron 80 pesos y una miada, nosotros nos llevamos una gran noche que seguimos recordando y el sureño nos llevó a todos a casa sanos y salvos.

Tiempo después se aproximaban los XV años de mi hermanita, mi consentida y yo veía a mi padre muy apurado con el dinero para la fiesta, el sureño siempre como buen carnal me dijo: “Véndeme y dale el dinero a tu papá.” Su último acto de solidaridad, así lo hice, tome las llaves y le dije a Rodo que lo vendiera y que ocupara el dinero para la fiesta de mí sis. Valió la pena.

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